ZUMEL. SU ESPACIO GEOGRÁFICO *




José Luis MORENO PEÑA


        Precavido por sabiduría empírica contra los excesos de las frescuras húmedas de las tierras más bajas y buscando alivio frente a los gestos hoscos de los vientos invernales, Zumel recuesta su laxo caserío en un nivel intermedio del sector en declive que marca la transición entre las tierras altas del páramo y la pequeña vega que ocupa el fondo del valle abierto por el río Urbel. En su paisaje resaltan los rasgos que con frecuencia se han señalado como representativos de la imagen más genuina de Castilla, la de las llanas superficies de extensas parameras intermitentemente entrecortadas por valles de desarrollo variable. En el centro casi geométrico de la parte oriental del término, cuyo ámbito jurisdiccional se configuró a través del juego de variadas vicisitudes de un largo acontecer histórico, el hoy reducido núcleo de sobrias, pero también resistentes, construcciones edificadas a base de la porosa piedra caliza del páramo, se constituyó desde hace siglos como centro de decisiones para la configuración de un espacio productivo muy cuidadosamente elaborado, basado en una agricultura cerealista con complemento de una pequeña ganadería.

        Aunque su población, que antaño era más numerosa, se ha visto, lo mismo que en el resto de las áreas rurales de nuestra región, notablemente disminuida en número a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, el aprovechamiento agrícola no se ha visto mermado. Por el contrario, aun cuando haya tenido lugar un pequeño retroceso en la superficie cultivada, por abandono de algunas tierras que por su situación y por sus características no ofrecen buenas condiciones para el laboreo mecanizado, se ha incrementado significativamente la producción. Tal proceso es, a su vez, compatible con un evidente cambio de funcionalidad del asentamiento humano, que ya no se orienta exclusivamente, como sucedía en tiempos pasados, hacia los aprovechamientos agropecuarios, sino que se vincula, con importancia creciente, a usos residenciales de procedencia urbana.

        Este hecho tiene entre sus consecuencias la de haber propiciado cambios importantes en la fisonomía del caserío, que se ve alterado con la aparición de viviendas de nueva planta o por la remodelación intensa de las construcciones tradicionales. Además, la proporción de residentes dedicados a la agricultura disminuye en relación con la incorporación reciente de los nuevos habitantes de origen foráneo, aunque son los primeros los que siguen dando consistencia al núcleo por ser los que tienen presencia permanente, frente al carácter esporádico o intermitente de los segundos.

        Zumel es uno de los diez núcleos -Avellanosa del Páramo, Las Celadas, Mansilla de Burgos, Miñón, La Nuez de Abajo, Las Rebolledas, Ros, Santibáñez-Zarzaguda, donde se encuentra la sede del ayuntamiento, Los Tremellos y Zumel- que integran el municipio de Valle de Santibáñez. Esta configuración municipal es reciente. Hasta los años setenta estos pueblos tenían ayuntamientos independientes, con excepción de Miñón, que ya era entidad local menor de Santibáñez-Zarzaguda. En el curso del intenso proceso de reducción del número de ayuntamientos de la provincia de Burgos, que tuvo especial intensidad entre 1960 y 1981 en el contexto del vaciamiento de población a que dio lugar el éxodo rural acaecido entre ambas fechas, se acordó la disolución de los entes municipales correspondientes a los nueve pueblos indicados para constituir, por fusión, un nuevo municipio, de mayores dimensiones físicas y demográficas, con denominación de Valle de Santibáñez y con extensión próxima a 10.600 hectáreas, de las que cerca de 600 corresponden a Zumel.

        La fusión no implica pérdida de la personalidad independiente y diferenciada de cada uno de los pueblos implicados con su agrupación en el proceso de reordenación territorial. Se mantiene, por el contrario, capacidad de gestión de diversos asuntos a través de la correspondiente Junta Administrativa y se conserva como privativo por su carácter patrimonial el antiguo ámbito de su jurisdicción territorial, que de término municipal ha pasado a ser el propio de la nueva entidad local de ámbito inferior al municipio. El espacio que corresponde a Zumel se reparte por el interior de un perímetro de forma notablemente compacta y rodeado por los términos correspondientes a los pueblos, integrantes del mismo ayuntamiento de Valle de Santibáñez, de Avellanosa del Páramo, La Nuez de Abajo y Mansilla de Burgos, que establecen los límites por la parte occidental, septentrional y oriental, respectivamente, y por Lodoso, que forma parte del municipio de Pedrosa de Río-Urbel, en el borde meridional.

        Todos ellos tienen como elemento común su pertenencia a la cuenca sedimentaria de Castilla la Vieja, que en este sector se sitúa cerca de su borde septentrional, marcado por los relieves algo más accidentados de las calizas cretácicas que, a escasos kilómetros, en su afloramiento de Huérmeces, forman las últimas estribaciones de la Cordillera Cantábrica en su prolongación más meridional hacia las llanuras de Castilla.

        El paisaje de Zumel presenta como elemento destacado su carácter abierto, con dilatadas planitudes entre las que se abren valles anchos y poco profundos, que se flanquean por laderas tendidas y suavemente onduladas, dominadas por cerros de culminación plana, en unos casos, y de forma cónica o cima redondeada, en otras ocasiones. Prevalecen desde el punto de vista de la percepción las formas topográficas puras, recubiertas con el leve tapiz de los cultivos herbáceos, que cubren el espacio por doquier, porque el estrato arbóreo ha sido objeto de un proceso, mantenido durante siglos, de degradación continuada en beneficio de los usos agrícolas y ganaderos así como para aprovisionamiento del combustible necesario para mantenimiento de los hogares.

        Se trata de uno de los arquetipos más arraigados de nuestra región, que se han extendido, con reflejo mimético y de forma repetida desde finales del siglo XIX, cuando los escritores de la Generación del 98 lo convirtieron con las bellas y plásticas imágenes literarias de sus descripciones en la representación por antonomasia con la que se pretendía resumir la esencia de Castilla como conjunción de la tierra y de los hombres a través de la sencillez de las líneas horizontales y suavemente curvadas de las campiñas y de los páramos. Zumel se encuadra en este segundo conjunto, que fue presentado frecuentemente con carácter reductor y exclusivista, sin tener en cuenta que una parte significativa de la región corresponde a espacios de morfología más quebrada y aspecto montañoso, y así se puede observar en ámbitos próximos remontando el curso del río Urbel hasta los ámbitos de sus no muy lejanos manantiales en Fuente-Urbel. A través de esa visión de inspiración esteticista se hacía, asimismo, una interpretación integradora de procesos en los que los condicionantes físicos y los factores antrópicos se influyeron entre ellos para confluir en la modelación de un espacio muy elaborado. En su resultado final se proyectan las potencialidades del complejo ecológico y la actuación de los grupos sociales concebida como proyecto secular de vida en común sobre un territorio definido fundamentalmente por la transformación humana de unos espacios abiertos, luminosos y con dilatados horizontes.

        El marco físico tiene como base unas formas llanas, con medianas ondulaciones, modeladas sobre un substrato rocoso constituido por materiales principalmente arcillosos, blandos, fácilmente desmantelables por la erosión, con un clima caracterizado por rasgos de cierta dureza, con contrastes acusados entre períodos fríos y otros más cálidos y acompañados por situaciones de aridez, lo que se traduce en limitaciones del complejo ecológico, sobre cuyo fundamento como punto de partida ha actuado la acción de las comunidades humanas, con una presencia permanente desde tempranos momentos de la Edad Media. Se ha alterado así de modo profundo la veste vegetal originaria, en la que el estrato arbóreo tenía una notable presencia, y se ha sustituido por espacios cada vez más deforestados y progresivamente ocupados por especies vegetales cultivadas.

        Por eso hoy lo más característico de estos lugares es el absoluto predominio de sus continuos campos de cereal, que cambian de color a lo largo del año y que con el fluir del viento parece que se dotan de movimiento con el cabeceo de las espigas en las superficies suavemente onduladas de los valles y las horizontales planitudes de los páramos, imagen que no sólo es la más característica, sino casi la única y apenas alterada por algún reducido rodal de quejigos, reminiscencia de otros ya lejanos tiempos en que los montes tenían una mayor presencia, antes de que fueran sustituidos, a través de una organización muy reglamentada, por el terrazgo, que ahora ocupa prácticamente todo el término.

Un paisaje de llanuras.

        En el espacio geográfico de Zumel destacan rasgos de uniformidad, propios de las llanuras de los páramos, diversificados por una abundante alternancia de pequeños desniveles y formas onduladas correspondientes a una sucesión de hondonadas, vaguadas, cerros y lomas, que se disponen entre los 970 m. de altitud máxima que se alcanza en los parajes del Callejón, Zagura y el Campo, en la parte septentrional del municipio, y los 850 m., correspondientes al nivel más bajo del fondo de la vega avenada por el río Urbel.

        En ese escaso desnivel, de poco más de cien metros, se escalonan varios niveles estratigráficos, que, al estar constituidos por materiales de diversa consistencia, ofrecen desigual resistencia a los procesos erosivos, de lo que deriva la variedad de las indicadas formas -páramos horizontales, pequeñas vaguadas, valles, cerros y cuestas-. En el sector más bajo hay arcillas y arcillas arenosas de colores rojizos. Sobre él se dispone un compacto estrato de margas blancas. En el nivel superior hay una capa de calizas del páramo, en gran parte desmanteladas por la erosión, que en buena medida las ha fragmentado en piedras de tamaño muy variable, al tiempo que la meteorización ha dado lugar a un recubrimiento mullido y poco profundo, integrado por arcillas y guijarros de caliza, en los que se han formado suelos que, a pesar de su aspecto pedregoso y aparente sequedad, ofrecen buenas aptitudes para el cultivo de los cereales, si bien hay que extraer periódicamente los fragmentos rocosos de mayor tamaño para facilitar el paso del arado. Todos estos materiales, dispuestos en estratos horizontales, corresponden a depósitos terciarios, de época miocena, de la cuenca sedimentaria de Castilla. En el fondo del ancho valle que atraviesa todo el término con dirección N-S se dispone una pequeña vega constituida por depósitos más recientes de aluviones cuaternarios que se han ido acumulando arrastrados por las aguas del Urbel sobre el nivel de las arcillas previamente excavadas y desmanteladas por el propio río.

        El nivel culminante que aparece en término de Zumel corresponde a calizas miocenas del páramo inferior, de edad Vallesiense, formadas en medios lacustres y palustres. Con coloraciones blanquecinas y grisáceas y muchas oquedades, han sido abundantemente utilizadas como material de construcción en las edificaciones locales por su dureza y consistencia.

        Su disposición estructuralmente horizontal tiene expresión en la morfología predominantemente plana que tienen los suelos desarrollados sobre estos estratos calizos, aun cuando han sido parcialmente desmantelados por la erosión. Se han modelado en ellos suaves vaguadas, que se inician de forma tímida e insensible, como casi inapreciables hondonadas, muy apreciadas por los agricultores por sus aptitudes trigueras, a través de valles en cuna, que progresivamente van adquiriendo mayor desarrollo tanto en anchura como en profundidad al proseguir su excavación en las margas y arcillas infrayacentes.

        Bajo las calizas hay varios niveles de margas, margas yesíferas y margocalizas, de coloración blanquecina y también de época vallesiense. Forman la parte superior y con mayor pendiente de la ladera que une el páramo con el fondo de los valles. En algunos casos aparecen laceradas por la acción erosiva, que ha arrancado la cobertera de césped y ha tallado algunos barrancos y cárcavas, si bien con escaso desarrollo.

        Bajo ellas aparece otro nivel, también mioceno, auqnue algo más antiguo, del período aragoniense, constituido por arcillas y arcillas arenosas, de coloración rojiza. En ellas se ha labrado el sector inferior de las cuestas que enlazan los valles y los páramos o los cerros. Su pendiente, que es menor y esta alterada por suaves ondulaciones, disminuye a la par que la altitud.

        Estos sectores en cuesta presentan formas aparentemente escalonadas. Son caballones formados, en épocas más frías y más húmedas que la que corresponde al clima actual, por las coladas de soliflucción deslizadas por la ladera. Han sido tradicionalmente muy apreciadas por los agricultores, porque en estos rellanos, con frecuencia recrecidos artificialmente en sus bordes, hay suelos que, por conservar mejor la humedad, tienen buenas aptitudes agrícolas. Sin embargo, actualmente se encuentran parcialmente abandonados, debido a las dificultades con que aquí se encuentran las máquinas para maniobrar. Por ello, las parcelas que se disponían en el sector más alto, el de las margas, al ser el de mayor pendiente, se han desechado totalmente desde el punto de vista agrícola hace ya veinte o treinta años.

        Algunos valles, que han alcanzado mayor desarrollo, como el que recorre el río Urbel, presentan fondo plano, con recubrimientos de sedimentos cuaternarios. Dada su anchura y profundidad parece sorprendente que haya podido ser vaciado a partir del caudal actual de este río, lo que nos indica la existencia de ciclos climáticos más lluviosos. En sus orillas se conserva una estrecha franja de vegetación de ribera, con sauces y añosas chopas, que con su presencia constituyen la casi única manifestación del estrato arbóreo.

        Entre estos valles han quedado aislados pequeños retazos de lo que anteriormente fue páramo. Forman cerros testigos, algunas veces con cima redondeada y en otras ocasiones, cuando aún se conservan niveles suficientemente anchos de calizas, con culminación plana, pero siempre nítidamente destacados como elemento singular en el paisaje. Se encuentran totalmente deforestados y ocupados, en la parte más baja y menos inclinada de sus laderas, por parcelas de cereal.

Un clima de tipo mediterráneo continentalizado.

        Las condiciones climáticas vienen definidas por la sucesión de inviernos fríos y veranos moderadamente cálidos, con esporádicos episodios de temperaturas anormalmente más elevadas, y afectados por una marcada aridez, que dura varios meses. La altitud, en torno a los 900 metros, ejerce un influjo negativo sobre los valores térmicos. La existencia de alineaciones montañosas en los bordes de la cuenca sedimentaria de Castilla limita los efectos de los vientos húmedos procedentes del mar. La consecuencia es una baja integral térmica y unas precipitaciones escasas.

Largos y fríos inviernos y veranos moderadamente cálidos y áridos.

        Las temperaturas del invierno son bajas. En enero, que es el mes más frío, las medias se sitúan en torno a los 3 -2'8 en Burgos; 3,1 en Huérmeces-. El registro de los valores medios de las mínimas alcanza en el observatorio de Burgos tan sólo 1,9. Las mínimas absolutas que son muy bajas, pueden llegar, ocasionalmente, a valores extremos -hasta -18 se han registrado en el observatorio de Burgos-, y, aunque no sean habituales, tampoco son del todo excepcionales. El invierno es, además, prolongado. Se puede decir que empieza en noviembre y se alargaa hasta marzo, aunque puede haber heladas también en abril o, incluso, esporádicamente, en mayo.

        El verano es, en cambio, corto y no excesivamente caluroso. Exceptuando los meses de julio y agosto, en los que las temperaturas medias pueden subir hasta los 20 o 21 -19,1 y 18,9 en Burgos; 20,4 y 19,8 en Huérmeces-, los valores térmicos no son muy altos. Se registran, no obstante, con carácter esporádico, temperaturas considerablemente más elevadas algunos años, coincidiendo con "olas de calor", si bien son situaciones breves e irregulares.

        Los cultivos agrícolas se ven condicionados por este régimen térmico. El factor más negativo lo constituye, más que los fríos intensos del centro del invierno, la prolongación de heladas hasta bien entrada la primavera y la temprana aparición de las primeras temperaturas bajas, lo cual, en confluencia con el retraso frecuente de las lluvias otoñales, dificulta el laboreo de la tierra y plantea inconvenientes para la siembra, el nacimiento y la etapa incial de desarrollo de las plantas. Algunos años la sementera de cereales de invierno se ve muy reducida por estas circunstancias. Por otra parte, las heladas tardías inciden negativamente limitando mucho más las posibilidades de otros tipos de cultivos, como los frutales. Hay, pues, un balance térmico que repercute negativamente en las potencialidades del complejo ecológico.

Precipitaciones escasas e irregulares.

        Tampoco el balance hídrico resulta favorable. Las precipitaciones no son abundantes, como se deduce de los valores registrados en los observatorios de Burgos y Huérmeces -559,7 mm. y 662,5 mm., respectivamente-. Además tienen un reparto desigual a lo largo del año y una distribución irregular de unos años a otros.

        El período de lluvias se inicia en otoño, pero con frecuencia sólo cuando está muy avanzado adquieren cierta importancia, aunque no todos los años, para alcanzar un segundo máximo en los meses de abril o mayo. La mayor parte de la precipitación tiene lugar entre comienzos del invierno y la primavera, es decir, en los meses más fríos, coincidiendo con los valores térmicos más bajos, lo que limita su aprovechamiento por las plantas cultivadas, con excepción de las lluvias de mayo y, algunos años, junio, muy valiosas para los cereales, si bien tampoco suelen ser abundantes.

        A la escasez general de lluvia se une como factor negativo la existencia de un largo período de aridez, que coincide con los meses más calurosos del año, cuando la evapotranspiración, y las necesidades de agua que tienen las plantas, es mayor -38,6 mm. en Burgos; 85,3 mm. en Huérmeces, en los meses de julio y agosto-. A ello se añade la existencia, algunos años, de días con temperaturas anormalmente altas a finales de la primavera y comienzos del verano, lo que repercute negativamente en el proceso de maduración de los cereales, que se agostan antes de su granazón completa.

        Nos encontramos, así, con una serie de inconvenientes que restringen la capacidad del complejo ecológico, lo cual influye en los posibles aprovechamientos agrícolas limitando el número de cultivos, fenómeno que no es exclusivo de Zumel, sino común al extenso dominio de los páramos y campiñas de la cuenca sedimetnaria de Castilla.

Una agricultura poco diversificada.

        La actividad agraria se orienta casi exclusivamente al cultivo de cereales, trigo y cebada, que ocupan todo el terrazgo, con excepción de una exigua presencia de patatas, a las que se dedica una extensión que no llega al 0,5 por 100 de la superficie total. Otros cultivos, como la colza, sólo de manera muy esporádica, y más como ensayo que por su interés real, han ocupado en alguna ocasión un pequeño lugar.

        Se trata, pues, de una agricultura muy simplificada por su composición vegetal, como corresponde, por otra parte, a una actividad que se concibe con planteamientos comerciales y que ha alcanzado un notable nivel de mecanización.

        Este hecho se corresponde con la existencia de un número muy pequeño de agricultores. Sólo ocho personas participan en el cultivo de la tierra. Entre ellas, hay seis que son agricultores de pueblos vecinos, en los cuales se concentra la mayor parte de su actividad, complementada con algunas tierras que poseen o llevan en renta en Zumel. De los tros dos, uno tiene dedicación parcial a la agricultura, que simultanea con otro trabajo en la cercana ciudad de Burgos, a través de una pequeña explotación, de poco más de 20 hectáreas, lo que corresponde, por otra parte, a lo que era la superficie tipo de una familia en la agricultura tradicional que se practicó hasta mediados de este siglo.

        Hay otro agricultor, que reside permanentemente en el pueblo, cuya ocupación exclusiva es la actividad agrícola, que practica en una extensión que sobrepasa ampliamente las 200 hectáreas de tierra cultivada. Las dedica íntegramente a cereales, trigo y cebada, excepto unas dos hectáreas de patatas, lo cual permite, en función de la completa mecanización de las labores, llevar la explotación sin problemas de tiempo, y podría, por sí mismo, cultivar más si hubiera disponibilidad de tierras.

        A la vista de esta realidad productiva la disminución de efectivos demográficos y su debilidad actual -55 habitantes, según el censo de 1981; 47 habitantes, según el Nomenclátor de 1996- no introduce disfuncionalidades desde el punto de vista económico y parece, por el contrario, que se adapta a las condiciones técnicas propias de la agricultura actual, mucho más simplificada en cuanto al número de especies, por motivaciones de productividad, que la agricultura de épocas pasadas, y con un abandono total de la ganadería, que se mantuvo hasta los años sesenta. Su manifestación más tardía, representada por un rebaño de ovejas, desapareció hace veinte años.

        Hasta mediados de este siglo había una mayor diversificación productiva. En correspondencia con esta circunstancia, y también motivado por la limitada disponibilidad de utillaje, aunque no por ello con técnicas menos elaboradas, el número de agricultores o campesinos era considerablemente mayor. El pueblo contaba con 158 habitantes en 1900; con 164, en 1950; con 88, en 1970. Además de trigo, al que se dedicaba más del 75 por 100 del terrazgo, se cultivaba, siguiendo un sistema trienal, con rotación por pagos, cebada, avena y algunas leguminosas, especialmente yeros, con lo que se atendía a las necesidades alimenticias tanto del ganado de renta como, sobre todo, de labor. Era éste otro aspecto de la economía tradicional, que hoy ha desaparecido. Había ganado vacuno y algo de mular, para trabajo, se criaban en cada casa algunos cerdos, de los que se engordaba uno para el avío anual, y cada familia tenía además varias cabezas de ganado ovino, con las que se formaba un rebaño común, de varios cientos de ovejas, que proporcionaban lana y corderos para su venta. Había, asimismo, un pequeño número de cabras, algunos centenares de gallinas, y se recriaba algo de ganado mular para su venta fuera del pueblo.

        Con esta diversificación y cuando, obviamente, aún no se había producido la mecanización, era muy superior el número de personas que se requerían para llevar a término las numerosas tareas que requería aquella orientación agropecuaria, que, através de una larga tradición había ido indorporando técnicas agronómicas bien adaptadas a los condicionantes del complejo ecológico.

        Procedimientos semejantes se practicaban ya, como aparece reflejado en el Catastro del Marqués de la Ensenada, en el siglo XVIII. El terrazgo se repartía entre cultivos de trigo, cebada, centeno, avena, yeros, titos, lentejas, ricas y garbanzos, así como lino y, en los huertos junto al pueblo, algunas hortalizas. Mediante un sistema trienal, alternaban, según la calidad de las tierras, el trigo o el centeno, el primer año, y la cebada o la avena el segundo, para descansar el tercero, tras lo cual se volvía a inciar el ciclo y la rotación de los pagos. Había también tres molinnos harineros y una actividad ganadera representada por la existencia de bueyes para la labranza, machos para recría, ovejas y gallinas, además de algunas actividades artesanales.

        Aunque la orientación agrícola y los planteamientos económicos y técnicos han experimentado una profunda mutación en el último tercio de nuestro siglo, con desaparición, o notable reducción, entre otros aspectos, del barbecho, se mantiene, no obstante, ciertas huellas en el paisaje como reminiscencia de la etapa anterior. Tal es lo que ocurre con el plano parcelario y con algunas casas, que, por no haber sido remodeladas, constituyen un testimonio de la doble funcionalidad, como vivienda y como centro de la explotación, que tenía la casa tradicional.

        En relación con el primero de estos aspectos, el terrazgo de Zumel sigue manteniendo el aspecto de una ingente suma de pequeñas y muy pequeñas parcelas en que se aparecía doblemente fragmentada la propiedad y la explotación. En la configuración de este heterogéneo conglomerado de formas influía, por un lado, el reparto sucesivo de la propiedad entre los herederos, en un proceso acumulativo a lo largo de siglos, y que tiene como resultado, en el momento actual un tamaño medio de la propiedad rústica por propietario que no llega a las cuatro hectáreas. Pero cada una de esas propiedades se fragmentaba, además, por necesidades de la explotación, en numerosas unidades físicamente diferenciadas, ya que, por el sistema de rotación de hojas en cultivo y hojas en barbecho, había necesidad de tener tierras en todos los lugares del término municipal. Por eso, con mucha frecuencia, al repartirse las herencias también se dividían físicamente las parcelas, de lo que deriva el exiguo tamaño que todavía tienen muchas, y que se puede ver, aunque ya no se cultiven, en la disposición de los linderos que aún dibujan las delimitaciones de las tierras abandonadas hace ya bastantes años en los sectores de máxima pendiente en la parte alta de las cuestas que inician el declive del páramo.

La notable remodelación reciente del caserío.

        El pueblo de Zumel se asienta en una de las laderas del páramo, con orientación al Sol de la mañana, entre 860 y 880 metros de altitud, no muy lejos del río Urbel, repartido entre tres barrios, el barrio de Quintanaseca, el barrio de la Iglesia y el barrio de la Torre. Entre ellos, y entre las manzanas en que se unen los pequeños grupos de casas, quedan espacios libres, parcialmente ocupados por pequeños huertos, y solares, en algunos de los cuales hubo en otro tiempo edificios hoy desaparecidos, lo que da al núcleo un cierto aspecto de estructura laxa. Se observa en las pequeñas agrupaciones de casas un proceso de paulatino desarrollo hasta iniciar la formación de calles por adosamiento de algunas construcciones nuevas a otras preexistentes que estaban inicialmente aisladas. En fechas recientes se han producido notables cambios, tanto por la aparición de nuevas construcciones extrañas a la arquitectura tradicional por sus formas, por los materiales empleados, por el colorido y por la contrastada relación que establecen con el entorno, como por la remodelación de muchas de las casas heredadas del pasado.

        Se conservan, no obstante, ejemplos bien conservados y muy expresivos de lo que era, tanto desde un punto de vista morfológico como por su carácter funcional, la arquitectura tradicional. El material fundamental utilizado, y con el que está construido la mayor parte del pueblo, es la caliza porosa del páramo, de color grisáceo, en forma de sillar, de sillarejo y de mampostería. Con pocos vanos y de tamaño reducido, para protegerse mejor del frío, o para limitar el valor de ciertas axacciones fiscales, con alzado de planta y piso y con tejado de dos vertientes, se construía a base de muros de carga, que en medianerías y en las divisiones interiores se copmbinaba con entramado de madera y relleno de adobe.

        Se accede a la casa a través de un portal. A un lado -y en algunas ocasiones a los dos- se dispone una habitación -o dos-, que se usaba como lugar de estancia -y también dormitorio una de ellas-, y que desde el segundo tercio de este siglo comenzó a incorporar la gloria como sistema de calefacción. La mayor parte de la planta baja se dedicaba a cuadras, divididas en diferentes estancias, mediante muros de adobe o con mamparas de madera, para cobijar a los distintos tipos de ganado vacuno, mular y ovino y caprino, así como las gallinas con que contaban todas las familias. En lugar aparte, a veces en el hueco debajo de la escalera por la que se accede al piso superior, se dispone la corte para la cría del ganado porcino, que constituía un complemento indispensable para la alimentación.

        Una escalera, que vuelve sobre sí misma después de un descansillo, daba acceso al piso superior, en el que se situaba, en primer lugar, generalmente ocupando la parte central de la casa, y por ello sin más ventilación ni iluminación que la que entraba por la chimenea, la cocina, con campana sobre el hogar. Podía haber, además, una o dos habitaciones, usadas como dormitorio, y otro conjunto de estancias, que servían para granero, y que por ello disponían de trojes, y para guardar aperos, paja y yerba. Todo el conjunto se coronaba por el viguerío, a la vista, que sostenía el tejado.

        Se trata, como fácilmente se deduce de esta sumaria descripción, de un tipo de casa que, de acuerdo con lo que era habitual en los ámbitos rurales, integraba una doble función, la de vivienda del campesino y la de centro de la actividad agraria, tanto en su vertiente agrícola como en sus complementos pecuarios. La mayor parte se dedicaba a los aspectos señalados en último lugar. Por eso la planta baja se ocupaba predominantemente con las dependencias del ganado y en la superior había también una gran proporción de su superficie dedicada, de una o de otra forma, a almacén relacionado con las necesidades agropecuarias.

        Contrasta vivamente con esta disposición la tendencia actual a segregar de lo que es vivienda las dependencias al servicio de la explotación, para lo que se construyen naves independientes, con una impronta muy fuerte en el paisaje, en la mayor parte de los pueblos. En el caso de Zumel, aun contando con las nuevas construcciones de chalets y con las remodelaciones operadas en la mayor parte de las casas heredads de épocas anteriores, se conserva en términos convenientes la fisonomía del pueblo tradicional, aunque se haya producido una segregación en relación con el carácter integrado que como centro de decisiones y director de la organización del espacio circundante asignaba al conjunto formado por el caserío una mayor funcionalidad con respecto a la orientación agrícola o ganadera de la comunidad rural.


* AA. VV.: La Villa de Zumel en el Valle de Santibáñez. Burgos. Junta Vecinal de Zumel. 1999. 269 págs., cf. págs. 13-27.     principio de página
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