LERMA Y SU TIERRA. TERRITORIO Y PAISAJE *





José Luis MORENO PEÑA


        Editado, hace no mucho tiempo, por el Centro de Iniciativas Turísticas de Lerma, el "Plano-guía de la comarca del Arlanza" recrea, con un deliberado primitivismo, como un paisaje naif, la tierra de Lerma. Dibujos con textura de cristal reproducen en las portadas, entre otras escenas, actividades tradicionales del mundo rural, como la caza en sus montes, la pesca con redes en el río Arlanza, el cultivo de cereales, la poda de frutales, trabajos relacionados con la vid y labores preparatorias para la elaboración del vino en las bodegas. Situada en el centro geométrico del rectángulo en que se inscribe el mapa, ocupando la intersección de la cruz que forman, de Este a Oeste, el Arlanza y, en dirección meridiana, la carretera que, por Burgos, va de Madrid a Francia, la villa de Lerma se constituye en objetivo de la primera mirada, que, tras detenerse unos momentos en la visión de su apretado caserío, coronado por sólida construcción torrreada, se dirige, seguidamente, en todas las direcciones, ayudada por las líneas radiales de los caminos, hacia el conjunto de los pueblos aledaños, que llenan de vida los campos circundantes y que, con despreocupada disposición en el espacio, transmiten por su proximidad una sensación tranquilizadora. En torno a ellos, una armónica sucesión de líneas rectas y curvas, de superficies planas y onduladas, con colores refrescantes y cálidos, ofrece una ingenua representación de un paisaje profundamente humanizado, en el que se suceden campos de cultivos herbáceos, de viñedos y de frutales, que alternan con tierras que descansan y con montecillos, sintetizando una imagen, en definitiva, característica de un espacio intensamente humanizado, modelado en sus más mínimos detalles por una larga suma de acciones, que, sucediéndose durante varias generaciones de campesinos, han llegado a configurar de modo permanente la composición fundamental de la vida vegetal de la mayor parte de la comarca. La escogida elaboración del paisaje del mapa se ha fijado en el resultado de esa cuidadosa construcción del espacio agrario que se ha ido haciendo a través de una continuada agregación de elementos nuevos a otros preexistentes como respuesta al propósito de mantener un equilibrio entre la capacidad del potencial ecológico y las demandas de producción impuestas por las necesidades crecientes, y cambiantes, de las comunidades rurales. Organizadas como unidades independientes, que vivían en núcleos compactos y, en general, de pequeño tamaño, desde los que se proyectaba su acción ordenadora sobre los espacios inmediatos circundantes, aparecen, también, representadas en el mapa mediante la indicación del reducido caserío correspondiente a cada uno de los pueblos.

        Resulta inevitable, al contemplar esta ingenua recreación cartográfica del mundo rural, un recuerdo a aquellos otros originales mapas en T y O del medievo cristiano, en los que, como en éste, tampoco había referencias geográficas precisas, ni escalas, y donde la idealización que buscaban las representaciones prevalecía como propósito por encima del deseo de transponer con la mayor fidelidad posible la forma física o geométrica del territorio. Así ocurre, también, con la abigarrada yuxtaposición de piezas, que, rellenando el rectángulo del citado plano-guía, forman un paisaje del que emerge como rasgo sobresaliente la huella de la acción antrópica en forma de usos agrarios, al servicio de los cuales le ha dado forma con una labor cuidadosa como la de un orfebre a lo largo de siglos, y aun cuando, en la franja septentrional de la comarca, donde, en correspondencia con la realidad de un sector más agreste, caracterizado por unas formas topográficas más quebradas y variadas y por el afloramiento en superficie de un roquedo menos propicio para la agricultura, se ha substraído a los cultivos una parte significativa del espacio, en el que hay mayor presencia de terrenos arbolados.

        En el centro de ese marco, la figura destacada en la encrucijada, que, como vigía y rector, manteniendo expedito el paso por donde un puente sobre el Arlanza dirigió la línea del camino de Madrid a Francia, caracteriza al núcleo de Lerma ha sido evocada y valorada de manera repetida.

        Así lo vemos reflejado, por ejemplo, en la noticia que, a finales del siglo XVIII, en su Viaje de España, nos da Antonio Ponz, al relatar las impresiones del trayecto entre Burgos y Madrid. Resalta que la "Villa más poblada antiguamente que ahora [...] tiene tres Conventos de Monjas y otros tantos de Frayles, fundaciones que hicieron los Duques de Lerma: hay además una Iglesia Colegial, cuya portada del costado es excelente [...] Sobre el ingreso principal está la torre, también de buena arquitectura [...] El Palacio del Duque [...], que años pasados estaba casi en abandono, lo ha mirado con particular estimación el Señor Duque actual, haciendo en él diferentes obras [...] Tiene [...] excelentes vistas de una frondosa vega, que riega el río Arlanza, el qual va a unirse con Arlanzón en las inmediaciones de Dueñas. En ella hay un soto, dentro de cuyo recinto, perteneciente al Duque, se ven siete ermitas [...] Pasa junto a esta Villa el río Arlanza con su buen puente" 1.

        La descripción, que incluye, entre otros, el error del lugar en que se sitúa la confluencia del Arlanza y del Arlanzón, se refiere esencialmente al paisaje urbano de la villa, de la que presenta, en otras partes de la descripción, sus elementos arquitectónicos más notables. Aunque podría, por ello, figurarse la cita desproporcionada con lo que parece indicar el título de esta exposición, el entorno comarcal, resulta, también, adecuada como referencia del reconocimiento del papel destacado de Lerma en el territorio circundante, para el que siempre ha tenido un elevado valor representativo. Más aun, su imagen ha desbordado el área estrictamente reducida a su comunidad, a su tierra, o, más aun, al valle del Arlanza, para proyectarse, incluso, hacia otros ámbitos, que, aunque no excesivamente alejados, sí son, al mismo tiempo, diferentes por sus características geomorfológicas, por las potencialidades de su complejo ecológico, por su orientación económica y por sus connotaciones sociales.

        Más allá de este espacio de llanuras, adentrados ya en el vecino ámbito de las montañas del sector burgalés de la Cordillera Ibérica, Lerma constituyó, en efecto, un importante punto de referencia para los afanosos y aplicados habitantes de la Tierra de Lara hasta mediados del presente siglo. Un poeta de esa procedencia, Bonifacio Zamora, ha dejado reflejadas en las imágenes verbales, pero muy visuales, de sus versos la efigie de estos pueblos vistos desde la perspectiva de una unión entrañable al surco del Arlanza, río que sustenta, como savia, y que traba, como espinazo, junto al sector más bajo de la Sierra, las tierras aledañas a Lerma, que se presenta como la cabeza que centraliza una relación de dilatada ascendencia, con siglos de andadura histórica.



"Arlanza, río viejo,
en el caudal bermejo
y áureo en la historia de Castilla...
                . . . . . . . .
Mientras a ti en la orilla
Covarrubias se lanza
loca de sed, pues, cree, río Arlanza,
que tu caudal es vena de Castilla,
Lerma trepa a la altura
y de pie en una loma,
para verte, se asoma
vestida de severa arquitectura,
que en tus quietos remansos se refleja
de tu mismo color, también bermeja.
                . . . . . . . .
¿No son de tu ribera los lugares
de Hacinas, Hortigüela y Cascajares?"



        Campos y pueblos, hombre y naturaleza, en la pluma de Bonifacio Zamora, y vigía destacada, como ya se muestra, también, en el retrato de Antonio Ponz, sobre un vergel de huertas y en un horizonte de llanos, en los que se toma prestado de la tierra el pan y el vino, nos dan pie para articular esta exposición, con el propósito de trazar un bosquejo de la delimitación del territorio desde el punto de vista de la organización del espacio a partir de las relaciones establecidas entre los grupos sociales constituidos en poderes locales, necesarios para que pudieran afianzar su presencia, y de hacer una descripción de la base física de ese paisaje, definido, como ya se ha indicado, de manera muy importante por los cambios introducidos en la naturaleza por la acción del hombre.

        Corresponde, esencialmente, a espacios de llanura, pero hay también un sector periférico, en su borde septentrional, que se vincula al conjunto montañoso, que allí se inicia, de la Sierra de la Demanda. Predomina nítidamente un paisaje construido para utilizar su potencial productivo mediante la agricultura, con unas formas de aprovechamiento tradicional muy elaboradas, evolucionadas en las últimas décadas hacia una intensificación por la presencia de algunos regadíos y por un mayor uso de fertilizantes, pero hay, también, otros elementos menos evolucionados, en los que la vegetación heredada de las masas forestales originarias conserva una mayor presencia, como sucede en los municipios situados al norte de la comarca. No se puede hablar de parajes naturales, porque en nuestra provincia no existen lugares carentes de la huella, que, en todas partes, es muy intensa, de la intervención humana, aunque usos más extensivos y discontinuos, tanto en el tiempo como en el espacio, diferencian a las tierras de la orla mesozoica de la Cordillera Ibérica del resto, perteneciente a la cuenca sedimentaria de Castilla la Vieja.

        En la Reseña estadística de la provincia de Burgos, que, en 1965, publicó el Instituto Nacional de Estadística, se presenta la comarca como el conjunto de tierras que comprende la cuenca baja del Arlanza y sus afluentes, hasta el límite con Palencia. Se señalan como límites, al Norte, la divisoria de Cogollos; al Este, una línea que discurre desde las estribaciones occidentales de la sierra de las Mamblas a la Peña Tejada; por el Sur, la divisoria del Esgueva y del Arlanza.

        No faltan ciertas indefiniciones, tanto en lo que se refiere al territorio histórico como a los límites hasta los que se extiende el ámbito comarcal actual. Una publicación humilde, pero muy arraigada en el corazón de las gentes de los pueblos del valle del Arlanza, eco desde hace una quincena de años de sus preocupaciones, El Trigarral, devuelve a sus lectores un reflejo de sus propias incertidumbres cuando, en su número 94, de diciembre de 1991, en relación con los proyectos de delimitación de espacios con vistas a su dinamización, se pregunta, y se contesta: "Comarca. ¿Comarcalizar? Nos encontramos situados en la Comarca del Arlanza, es cierto, pero no tenemos excesiva conciencia de que estamos en ella, ni la conocemos completamente, ni somos capaces de calcular el potencial que encierra. Y tenemos que poner en la misma línea de reflexión que no es exactamente una zona natural compactada y que sus límites, a veces, patinan. Pero, el Arlanza es un elemento innegable, vital e imprescindible, tanto en la denominación como en su futuro.
    Paralelamente, o paradójicamente, forman parte (claro que no todos) de una Mancomunidad de municipios denominada "del Arlanza y del Monte", nombre que evidencia la zona que se incorpora "artificialmente". Y, por si el pastel quedaba poco llamativo, la cabecera de la Comarca no forma parte de ella.
    Quiero entender que tanto la Mancomunidad como la Comarca son o serían formas válidas para los fines que pretenden: racionalizar tanto el gasto como el uso o beneficio de una serie de servicios necesarios en beneficio de las personas y pueblos que los componen. Promocionar, potenciar o promover todo aquello que beneficie a sus miembros partiendo del desarrollo entendido como utilización, explotación y enriquecimiento de lo propio. (Para ello se hacen estudios).
    Lo que no está tan claro es por qué nuestra Junta Regional no se decide a elegir una de ellas -que lo va a tener que hacer antes o después- y mantiene dos esquemas, en muchos casos, opuestos o incompatibles por la realidad que se vive..."
2.

        Surgen estas dudas a partir de la yuxtaposición de criterios diferentes, pero proyectados sobre un espacio común, para definir áreas en relación con propósitos de actuaciones sectoriales, o, incluso, de la atribución de rasgos de espacio comarcal al ámbito sobre el que se extiende la prestación de una serie de servicios organizada de forma conjunta por varios ayuntamientos. Por lo demás, extendiéndose por el valle medio y bajo del Arlanza, no sólo habrá una mancomunidad, sino varias.

        La configuración, en 1833, del mapa administrativo español, basado en el municipio y la provincia como elementos básicos y uniformes de su articulación territorial, no contempló la definición de una circunscripción intermedia, con base espacial, como la comarca. En su defecto, los partidos judiciales, asumiendo, en cierto modo, un protagonismo que sobrepasaba lo que era su razón de ser, fueron adquiriendo unas connotaciones que los convirtieron de manera progresiva en una especie de ente portador de las señas de identidad propias de los sentimientos derivados de la conciencia de compartir una trayectoria de vida común en un mismo lugar.

        Uno de los doce partidos judiciales en que, en 1834, quedó dividida la provincia de Burgos a efectos de la administración de justicia fue el de Lerma. Se constituyó integrado por setenta y cuatro núcleos de poblamiento, que, en el censo de ón de 1860, aparecían ya agrupados en 53 municipios, con una ón de 29.665 habitantes, de los que 2.270 correspondían a la villa de Lerma, y que cuentan actualmente -Nomenclátor de 1996- con 14.836 y 2.265, respectivamente, es decir, la ón de los núcleos correspondientes al antiguo partido se ha reducido en la mitad, mientras se ha incrementado, si bien muy ligeramente, la de su cabecera. Si se hace la comparación con la ón del partido actual, el descenso alcanza un valor del 60 por 100.



PARTIDO DE LERMA. POBLACIÓN
    186019501996
1Avellanosa de Muñó591589175
2Bahabón de Esgueva 3407539(156)
  Belbimbre    (192)75
3Cabañes de Esgueva 4612556(303)
4Castrillo de Solarana 5356253(64)
5Cebrecos30824079
6Ciadoncha369422139
7Cilleruelo de Abajo406719369
8Cilleruelo de Arriba47430683
9Ciruelos de Cervera 6490511(174)
10Cogollos 7410515(226)
11Covarrubias1.6221.400655
12Cuevas de San Clemente29441370
13Fontioso316359103
  Iglesiarrubia    34268
14Lerma2.2702.4732.495
15Madrigal del Monte424480191
16Madrigalejo383373175
17Mahamud681631168
18Mazuela31328588
19Mecerreyes6571.012319
20Nebreda467421113
21Olmillos de Muñó15212548
22Peral de Arlanza427618279
23Pineda Trasmonte375412202
24Pinilla Trasmonte 8728725(238)
25Presencio692810286
26Puentedura486395133
27Quintanilla del Agua 9742994(524)
28Quintanilla de la Mata510388177
29Quintanilla del Coco372289129
  Quintanilla-Tordueles      620
30Retuerta74622377
31Revilla Cabriada 10450276(61)
32Royuela500939354
33Santa Cecilia270267139
34Santa Inés453569207
35Santa María del Campo1.3291.327730
36Santa María de Mercadillo 11337523(210)
  Santibáñez de Esgueva 12  417(187)
37Santibáñez del Val26524864
38Solarana359311120
39Tejada37425155
40Tordómar546757425
41Tordueles 13421398(96)
42Torrecilla del Monte34225477
43Torrepadre376390165
44Torresandino 145741.355(830)
45Tórtoles 158701.335(580)
46Valdorros 16254252(124)
47Villafruela6191.028318
48Villahoz1.0211.089434
49Villamanzo1.038750490
50Villamayor de los Montes782829347
51Villangómez615829347
52Villaverde del Monte413557207
  Villaverde Mogina  (370)139
53Zael377397 
FUENTE: COMISIÓN DE ESTADÍSTICA GENERAL DEL REINO: Censo de la población de España. 1860. INSTITUTO NACIONAL DE ESTADÍSTICA: Censo de la población de España. 1950; Nomenclátor. 1996.



        El partido ha experimentado algunas variaciones teritoriales en el lapso de los ciento sesenta años transcurridos desde su creación. Se ha reducido algo su extensión por paso de varios municipios a los partidos de Aranda de Duero y Burgos. En unión de cuatro fusiones municipales recientes ha conducido a la disminución del número de municipios hasta 44. Pero ello no implica que hayan desaparecido núcleos de poblamiento. Permanecen, por el contrario, los que ya existían en el momento de crearse el partido, con la única excepción de varias granjas, que se han despoblado al compás de los nuevos métodos en que hoy se basa la explotación agraria. En algún caso se ha derruido totalmente su caserío, pero se conserva en el recuerdo por los nombres con que se sigue conociendo cada paraje, como la antigua granja Basconcillos, en Villangómez.

        La permanencia de este partido judicial, aunque con alteraciones, mientras se han suprimido en los últimos años cinco de los doce con que inicialmente contaba la provincia, es indicativo de un mayor dinamismo, o siquiera de que la pérdida de animación, común a todos nuestros espacios rurales, ha tenido menor incidencia en el Valle del Arlanza que en otros lugares del territorio burgalés. No se ha librado, no obstante, de un retroceso de vitalidad demográfica notable a lo largo de los últimos cincuenta años, aun cuando el resultado final no haya sido tan desgarrador como en otros ámbitos próximos, al corresponder el punto de partida a unos núcleos de mayores dimensiones que los de otras partes de la provincia. Y ello ha sucedido así a pesar de la importante pérdida de efectivos de población experimentada desde 1950 hasta la actualidad.

        Hacia atrás en el tiempo, el partido judicial tenía como precedente desde el punto de vista físico, que no institucional, una parte del viejo partido de Can de Muñó, una de las circunscripciones en que se articulaba la provincia anterior a la división puesta en vigor por Javier de Burgos, en 1833. Sobrepasaba ampliamente el espacio correspondiente al valle del Arlanza y al posterior partido judicial de Lerma. Comprendía 101 pueblos, a los que se sumaban otros 22 anejos, 11 de ellos despoblados ya a finales del siglo XVIII. Se repartían entre las cuatro jurisdicciones en que se dividía el antiguo partido, la denominada abadía y jurisdicción de Lerma, la jurisdicción de Lara, la jurisdicción de Quintanila Somuñó y la jurisdicción de Salas de los Infantes, formadas por 56 pueblos, a los que se añadían otros 45 sin adscripción jurisdiccional concreta, aparte de su pertenencia al partido de Can de Muñó, y también sin continuidad física en la figura de sus respectivos contornos, como era común en la organización territorial del Antiguo Régimen, donde los enclaves de unas circunscripciones territoriales dentro de otras constituían casi la norma. A partir de aquellos pueblos que se disponían contiguos, los pertenecientes a la jurisdicción de Lerma, otros de la de Quintanilla Somuñó y de los que directamente formaban, como pueblos sueltos, el partido de Can de Muñó, así como varios adscritos al antiguo partido de Aranda, se creó el nuevo partido judicial, que, al no tener como base criterios de carácter geográfico o de relaciones humanas, sino razones que se justificaban desde el punto de vista de los intereses de la administración de justicia, no habría de definirse necesariamente por criterios de homogeneidad o de complementariedad, ni tampoco por sentimientos de comunidad o por su carácter funcional. No faltan, sin embargo, elementos de identificación, que, en el caso del partido de Lerma, se pueden considerar como uno de sus rasgos.



Partido de Can de Muñó
Pueblos solos Ahedo
Asturianos
Barbadillo del Mercado
Barbadillo del Pez
Barrio Can de Muñó
Basconcillos
Báscones del Agua
Cabia
Castrillo de la Reina
Celada del Camino
Ciadoncha
Cogollos
Covarrubias
Estépar
Frandovínez
Hontoria de Riofranco
Hormaza
Hornillos del Camino
Madrigal del Monte
Madrigalejo
Mahamud
Mecerreyes
La Nuez del Páramo
Olmillos
Palazuelos
Pampliega
Pedrosa
Presencio
Puentedura
Quintanilla del Agua
Las Quintanillas
Rabé de los Escuderos
Retuerta
Revenga
La Revilla
San Miguel del Páramo
San Millán de Lara
San Pedro de Arlanza
Santa Cecilia
Santa María del Campo
Santa Inés
Santiuste
Tamarón
Torrecitores
Torrepadierne
Vigeriego
Villacisla
Villafuertes
Villagutiérrez
Villahoz
Villahizán
Villaldemiro
Villaquirán de los Infantes
Villaverde Mogina
Villavieja
Vilvestre
Jaramillo de la Fuente
Iglesias
Abadía y Jurisdicción de Lerma
Avellanosa
Campanario
Cardeñuela
Lerma
Quintanilla de la Mata
Revilla Cabriada
Royales del Agua
Santillán
Tordable
Torrecilla del Monte
Villabrán
Villalmanzo
Villamayor de los Montes
Villoviado
Jurisdicción de Lara
Aceña
Campo
Cubillejo
Cubillo del César
Lara
Mambrillas
Mazueco
Oriyuelos
Paules
Quatrales
Quintanalara
Quintanilla Cabrera
Quintanilla de las Viñas
Torrelara
La Vega
Villoruebo
Jurisdicción de Quintanilla Somuñó
Arenillas
Arroyo
Basconcillos
Cayuela
Mazuelo
Montuenga
Pelilla
Quintanilla Somuñó
San Pedro Vellota
Tornadijo
Torrecilla del Monte
Valdorros
Villamiel
Villangómez
Villanueva de las Carretas
Villanueva Matamala
Villaverde del Monte
Zael
Jurisdicción de Salas de los Infantes
Arroyo de Salas
Carazo
Cascajares
Castrovido
Contreras
Gete
Hoyuelos
Monasterio de la Sierra
Piedrahíta
Pinilla de los Moros
Rupelo
Salas de los Infantes
Tañabueyes
Terrazos
Viguillas
Villaespasa
Vizcaínos



        Debemos hacer una referencia a este tipo de circunscripción administrativa histórica que estamos considerando no sólo por esta razón, sino también porque, además de la percepción que de la pertenencia a ella tienen sus habitantes, ha constituido un elemento de referencia a la hora de definir delimitaciones territoriales de otro tipo, planteadas desde otros criterios y con otros objetivos.

        Así sucedía, por ejemplo, hace ya tres décadas, con los trabajos emprendidos por la Comisión Coordinadora Agraria Provincial, asesorada por los Servicios Provinciales del Ministerio de Agricultura y por la Cámara Oficial Sindical Agraria, que deberían haber concluido en la división, en 1970, de la provincia en lo que se denominarían zonas naturales. Una de ellas era la que, con el nombre de bajo Arlanza, se correspondía con el término de Lerma y su partido judicial, si bien estos trabajos previos quedaron sólo en proyecto, sin plasmación en una división operativa.

        En ese mismo contexto de ordenación rural a la que se dirigía esa incipiente comarcalización agraria, se planteaban, por el 7o Consejo Económico Sindical Provincial, también en 1970, entre otros objetivos, algunos específicamente dirigidos a las tierras del valle del Arlanza, como era la propuesta de estudio de viabilidad para la construcción de sendos pantanos en Retuerta y en los Vados, con destino a potenciar los regadíos en la cuenca baja.

        Solapándose, también, en parte, con el partido judicial, se configuró la comarca agraria denominada Arlanza, una de las ocho en que se dividió, en 1976, la provincia burgalesa, con propósitos vinculados a la intervención en la transformación y modernización de las estructuras agrarias, y teniendo como criterio básico agrupar términos municipales con características análogas, de modo que se pudieran formar demarcaciones territoriales con rasgos de uniformidad por sus condiciones naturales, económicas y sociales 17. En relación con su principal orientación subsectorial, se definía esta comarca como agrícola, con predominio del secano y de los cultivos herbáceos, con intensidad alta y con dedicación principal al trigo, cebada y avena, orientación cerealística, de trigo y cebada, que sigue siendo la nota más destacada por la superficie de siembra que se le sigue dedicando.



COMARCA AGRARIA ARLANZA. 1976.

Avellanosa de Muñó
Bahabón de Esgueva
Cabañes de Esgueva
Cebrecos
Ciadoncha
Cilleruelo de Abajo
Cilleruelo de Arriba
Ciruelos de Cervera
Cogollos
Covarrubias
Fontioso
Iglesiarrubia
Lerma
Madrigal del Monte
Madrigalejo del Monte
Mahamud
Mazuela
Mecerreyes
Nebreda
Olmillos de Muñó
Peral de Arlanza
Pineda-Trasmonte
Pinilla-Trasmonte
Presencio
Puentedura
Quintanilla de la Mata
Quintanilla del Coco
Quintanilla-Tordueles
Retuerta
Royuela de Río Franco
Santa Cecilia
Santa Inés
Santa María del Campo
Santa María de Mercadillo
Santibáñez de Esgueva
Santibáñez del Val
Solarana
Tejada
Tordómar
Torrecilla del Monte
Torrepadre
Torresandino
Tórtoles de Esgueva
Valdorros
Villafruela
Villahoz
Villalmanzo
Villamayor de los Montes
Villangómez
Villaverde del Monte
Zael



        En relación con lo que era el partido judicial, la comarca agraria Arlanza presenta algunas diferencias, como son la adscripción a la misma de algunos pueblos distribuidos en sus bordes, y diferentes no sólo por su situación más alejada, sino también por su vinculación al conjunto montañoso de la Cordillera Ibérica o por estar avenados por el Esgueva y no por el Arlanza.

        La relación de nombres que se incluyen en el titulado Mapa-guía de la comarca del Arlanza, con cuya referencia iniciábamos esta exposición, comprende 46 municipios. Varios se vinculan plenamente al sector más externo de la orla mesozoica del Sur de la Sierra de la Demanda. Se incluyen aquí Cuevas de San Clemente, Mambrillas de Lara, Hortigüela, Santo Domingo de Silos, Santibáñez del Val, Quintanilla del Coco, Retuerta. Junto a ellos hay que citar otros que parcialmente participan de esta condición, como Mecerreyes, Covarrubias, Ciruelos de Cervera, Nebreda, Solarana, en los que se reparten sus respectivos términos municipales entre el reborde de la Sierra y la cuenca sedimentaria de Castilla. El resto, hasta el límite con Palencia, Villafruela, Royuela de Río Franco, y por el Oeste hasta Peral de Arlanza y Santa María del Campo, se extiende por los sectores de campiña y de páramo que vierten sus aguas al Arlanza. Se dividen, pues, entre dos conjuntos, que, aunque tienen como elemento común su pertenencia a la cuenca del Arlanza, presentan, al mismo tiempo contrastes desde el punto de vista litológico y morfológico, y, calcando el substrato constituido por roquedo y relieve, también muestran diferencias marcadas por la cobertera vegetal y por la distribución e importancia relativa del espacio agrario y de los sectores incultos.

        Una estudio de comarcalización, emprendido por la Junta de Castilla y León a finales de los años ochenta, pero que no se llevó a cabo, establecía, entre las diez comarcas que se preveían para Burgos, una, que, con cabecera en Lerma, se estructuraba esencialmente a partir del curso del Arlanza, por su valle y tierras aledañas, y en la que, con algunas diferencias respecto a las divisiones anteriores, se integraban 43 municipios:



Avellanosa de Muñó
Belbimbre
Cebrecos
Ciadoncha
Cilleruelo de Abajo
Cilleruelo de Arriba
Covarrubias
Cuevas de San Clemente
Fontioso
Iglesiarrubia
Lerma
Madrigal del Monte
Madrigalejo del Monte
Mahamud
Mazuela
Mecerreyes
Nebreda
Olmillos de Muñó
Peral de Arlanza
Pineda-Trasmonte
Presencio
Puentedura
Quintanilla del Coco
Quintanilla-Tordueles
Retuerta
Royuela de Río Franco
Santa Cecilia
Santa Inés
Santa María del Campo
Santibáñez del Val
Solarana
Tejada
Tordómar
Torrecilla del Monte
Torrepadre
Villafruela
Villahoz
Villalmanzo
Villamayor de los Montes
Villangómez
Villaverde del Monte
Villaverde Mogina
Zael




        A partir de esta propuesta se plantea en el último proyecto de la Junta de Castilla y León, el titulado Hipótesis de modelo territorial de Castilla y León, que trata sobre directrices de ordenación territorial, formulado recientemente, y en proceso de elaboración, la definición de un nuevo marco territorial en el valle del Arlanza, designado con la denominación de área funcional de Lerma.

        De manera general, podemos decir de este conjunto comarcal que se caracteriza, entre otras circunstancias, por su debilidad demográfica, expresada por el hecho de que sólo cuatro de los cuarenta y tres municipios, Quintanilla-Tordueles, Covarrubias, Santa María del Campo y Lerma, tienen más de 500 habitantes -620, 655, 730 y 2.495-, de modo que sólo el último de los citados sobrepasa los 2.000, lo que representa un 16 por 100 del total de la comarca -algo más de un tercio si se contabilizan los cuatro-, cuya densidad no llega a los 9 habitantes/km2. Hay que tener en cuenta, además, que en el caso de Quintanilla-Tordueles esa población corresponde a dos núcleos diferentes, constitutivos hace hace pocos años de sendos municipios independientes.

        Se ha llegado a esta situación a través de un proceso regresivo, de trayectoria continuada desde los años 50. Esa dinámica ha afectado, también, de manera significativa a la propia cabecera comarcal. Partiendo de una posición que ya inicialmente no era preeminente en el ranking de dinamismo comarcal, pues Lerma se situaba el año 1940 en el puesto número 39 entre un total de 47 núcleos urbanos de la región, ha descendido desde entonces cinco puestos, hasta llegar a situarse, en el momento actual, en el número 44, al haber sido superada por Almazán -que ha pasado del puesto 40 al 39-, Salas de los Infantes -del 41 al 43-, Toro -del 42 al 38-, Peñafiel -del 43 al 41-, y Briviesca -del 44 al 42- 18.

        La pérdida de efectivos demográficos se ha visto acompañada, como es habitual en todo el ámbito rural, por un importante envejecimiento de la población, cuestión que se suele plantear, en unión de los escasos efectivos correspondientes a los estratos de población joven, como un serio inconveniente de cara a la promoción de programas dinamizadores. No debemos olvidar, sin embargo, frente a esa visión pesimista, la lección que la población rural de Castilla, y también la de estas tierras del valle del Arlanza, ha dado en las tres últimas décadas a todos, y especialmente al mundo urbano, que frecuentemente ha considerado a los campesinos y a los agricultores como personas muy cerradas en sí mismas, apegadas a la rutina, poco proclives a los cambios, reacios a la modernización. En contra de ese tópico, la realidad los ha mostrado como un estrato de población receptiva ante los nuevos planteamientos económicos y permeable a las innovaciones, de modo que han sido protagonistas, desde los años 60, más que de una transformación, de una auténtica mutación en la concepción de la agricultura y de los métodos empleados, hasta el punto de que podríamos decir que sobrepasa el carácter de cuantitativo hasta adquirir, casi, rango de cambio cualitativo.

        La población de la comarca se dedica primordialmente a la agricultura, que da ocupación al 40 por 100 de los efectivos. El sector servicios emplea a un 33 por 100, ocupado, principalmente, en la hostelería y establecimientos de reparaciones mecánicas, y, en menor medida, en el comercio, localizado, sobre todo, en función de la carretera N-I. Hay talleres para mantenimiento de las potentes y complejas máquinas agrícolas que han revolucionado las pautas del trabajo agrícola de nuestros campos en los pueblos más importantes. La construcción y la industria dan trabajo a una reducida proporción de la población ocupada.

        El panorama de declive poblacional ha tenido una incidencia directa en las innovaciones técnicas y económicas de los aprovechamientos agrarios durante las últimas décadas y, por ende, en la morfología del espacio cultivado así como en el aspecto del patrimonio arquitectónico. Ha hecho posible los procesos, inseparables, de aumento del tamaño de las explotaciones y de mecanización progresiva, a la vez que ha tenido manifestación en el aspecto del poblamiento en forma de abandono de una parte de las construcciones tradicionales, lo mismo entre las destinadas a vivienda que en las vinculadas a las necesidades de la explotación, y, al mismo tiempo, por la construcción de nuevos edificios relacionados con las crecientes necesidades de hangares para máquinas, almacenes para aperos, alojamientos para el ganado y graneros. La imagen tradicional de los pueblos de color terroso apelmazados contra el suelo, de los que emerge como elemento más destacado la figura vertical de la torre de su iglesia, ha dejado su lugar a la presencia dominante en la lejanía de grandes naves, de paredes blancas y tejado gris, que rodean y en parte camuflan el caserío tradicional. El regreso intermitente de una parte de los emigrantes, que salieron de la comarca desde los años cincuenta, ha influido, a su vez, en la generación de un nuevo caserío, funcional y estéticamente muy separado de lo que era la casa tradicional, y que se traduce no sólo en una remodelación de las casas rurales, que eran, además de vivienda, un elemento inseparable de la explotación agraria, sino también en una expansión de los núcleos construidos tradicionales, con la aparición de edificios de nueva planta, a pesar del retroceso poblacional. La proliferación de estas construcciones, cuyo rasgo más destacado es su aspecto variopinto por formas, colores, materiales empleados y tamaño, tanto en solares ocupados en el interior de los pueblos como, sobre todo, en sus aledaños más inmediatos, se yuxtapone a la intensa remodelación de las casas heredadas, exterior e interiormente, para adecuarlas a unos usos cada vez más distanciados de su función tradicional para unas poblaciones rurales con ocupación agropecuaria, con preeminencia de lo agrícola, distinta de la función residencial y, en muchos casos, de ocio, que hoy tienen estas viviendas. No faltan, sin embargo, imágenes de casas arruinadas, con los tejados hundidos o en situación de grave deterioro, consecuencia del intenso vaciamiento de los pueblos en las años sesenta y setenta de este siglo. Es decir, hay una incidencia directa en el paisaje del éxodo rural y de fenómenos a él vinculados.

        La pérdida de efectivos poblacionales y el debilitamiento demográfico tienen también, entre sus manifestaciones colaterales, una incidencia de tipo administrativo. Los diferentes pueblos del valle del Arlanza, coincidentes, aunque no sin algunas pequeñas variaciones, con los diferentes marcos comarcales a que nos hemos referido, se han organizado, a su vez, en una figura administrativa, que, con el nombre de mancomunidad de municipios, agrupa a varios de éstos, que libremente deciden su asociación para la prestación de servicios y realización de obras de su competencia en común, con el fin de abaratar costes y mejorar su eficacia.

        Hay algunas en que todos sus miembros son de la provincia de Burgos, como las de "Virgen de Manciles", constituida en 1992, integrada por cinco municipios, y La Yecla", constituida en 1993, con 12 municipios, y, de alguna manera, la de "Sierra Aranza", constituida en 1994, con 38 municipios 19. Hay otras interprovinciales, como las de "Bajo Arlanza", constituida en 1991, integrada por 17 municipios, tres de ellos palentinos, y "Ribera del Arlanza y del Monte", formada en 1987, con 23 municipios, incluido uno de Palencia 20. Añade ello un elemento más de complejidad para la definición de la organización administrativa y de la configuración de la comarca desde este punto de vista.

        La base física sobre la que se articula el entramado administrativo, muy sucintamente enunciado, corresponde en su mayoría a un relieve con formas de llanura, modeladas en los materiales terciarios de la cuenca sedimentaria de Castilla. Hay, también, una pequeña parte, situada al Norte, que se individualiza dentro del conjunto por su morfología más quebrada, modelada a partir de estructuras plegadas en los materiales, algo más antiguos, de la orla mesozoica de la rama burgalesa de la Cordillera Ibérica. Ambos espacios aparecen avenados por el río Arlanza.

        El primero, y el más extenso, de estos dos conjuntos, el que corresponde a las llanuras de la cuenca sedimentaria, es el principal elemento definidor de las características de la comarca, no sólo desde el punto de vista natural, sino también por las manifestaciones en él de la presencia humana. El tipo de materiales, blandos y sueltos, ha facilitado, en efecto, su ocupación agrícola, que se extiende por la mayor parte de su extensión. En la estrecha franja septentrional, ocupando menor superficie, el reborde montañoso de la orla cretácica de la Demanda, que es elemento menos definidor de la comarca, corresponde, en cambio, a algunos de los parajes con mayor atractivo visual. Son los más valorados desde la óptica idealizadora del mundo rural con la que hoy se mira el patrimonio territorial por las poblaciones urbanas. Aquí se incluye el espacio natural protegido de la Yecla, con una superficie de 50.000 has. y que a su interés paisajístico une el histórico de centros como Santo Domingo de Silos, San Pedro de Arlanza y Covarrubias.

        Contrasta esta diversidad con la idea que hemos citado hace unos instantes referente al criterio de uniformidad física para la definición de comarcas agrarias. Pero debe comprenderse la imposibilidad de plasmarla de manera plena en la realidad. Más aun, hay municipios en los que la heterogeneidad interna desde el punto de vista de su constitución física y de sus manifestaciones geomorfológicas, es uno de sus rasgos definitorios, como es el caso de Covarrubias y algunos otros de la franja septentrional, a caballo entre la orla cretácica de la Sierra de la Demanda y la cuenca sedimentaria de Castilla, donde sus términos se reparten entre una parte correspondiente a formas de relieve contrastadas por su morfología y por sus diferencias altitudinales, y otra parte perteneciente a las llanuras, modeladas en sedimentos arcilloarenosos del Terciario. Mientras en las primeras los montes y algunas superficies, menores, donde aflora la roca desnuda, ocupan una proporción significativa de la superficie total, en las segundas los campos de cereales, y en menor medida otros cultivos, tapizan durante una buena parte del año las formas suaves del relieve en la mayor parte del territorio.

        Su morfología viene definida por una alternancia de sectores deprimidos, con fondos planos o en forma de suave concavidad, con ondulaciones y poco destacadas eminencias, de cima horizontal o plana, y cerros de culminación redondeada o cónica. Ríos y arroyos han abierto largos valles, con laderas de perfil muy tendido, cerradas en sus bordes por superficies aplanadas que se han mantenido en depósitos calcáreos o en niveles de gravas situados a mayor altitud. El más importante de estos valles es el del río Arlanza, que discurre por una ancha vega intensamente aprovechada por la agricultura.

        La vegetación que cubre estos espacios corresponde principalmente a la encina (Quercus illex rotundifolia) y al enebro (Juniperus thurifera), y también se encuentra, en pies aislados, o formando, en otros casos, masas no muy extensas, el quejijo (Quercus faginea. Junto a estos elementos pertenecientes al estrato arbóreo, aparecen, como estrato arbustivo y de matorral acompañante, en algunos lugares, el esqueno (Juniperus communis), la estepa (Cistus ladanifer) y las aliagas (Genista scorpius) todas ellas plantas que se usaron para calefacción, junto a la leña de encina o roble. Aparecen también intermitentemente entre los encinares las suaves alfombras vegetales que forma la gayuba (Arctostaphylos uva-ursi), planta rastrera de verdor intenso. Hay asimismo una abundante y variada presencia de plantas aromáticas. Como vegetación de ribera, que ocupa márgenes de ríos y arroyos, se encuentran diversas variedades de sauce y, sobre todo, chopos.

        Todas estas formaciones muestran un estado fuertemente influido por la acción continuada de siglos de importantes impactos derivados de la continuada ocupación del territorio por el hombre. Ni los árboles que aparecen en forma de pies aislados, ni los que encontramos agrupados en montecillos o en conjuntos más grandes nos muestran a la vegetación en su estado original. Ofrecen, por el contrario, el espectáculo de los resultados de una alteración secular.

        La encina aparece casi siempre en forma de carrasca. Tiene relación este porte no sólo con la subespecie, rotundifolia, que aquí crece, sino, sobre todo, con una forma de aprovechamiento tradicional, en la que, para carboneo o para leña, se han producido cortas periódicas, que se hacían a matarrasa, tras las cuales rebrotaban con fuerza de los estolones, desarrollando ese porte arbustivo característico de los encinares de la comarca. El aspecto de estos montes, no es, pues, natural, sino consecuencia de una intervención humana prolongada desde el medievo. Hoy, cuando otros productos, y principalmente el gas butano, han substituido como combustible a la leña, los encinares están adquiriendo un desarrollo considerable, hasta, convertidos en auténticos arcabucos, hacerse literalmente intransitables. No faltan encinas más corpulentas y con el porte, más característico de esta especie, de árbol de airosa figura, con poderosa y redondeada copa, o, en otros casos, dirigida, por medio de los cuidados de la poda, de forma horizontal. Así son las que aparecen en la granja del Cristo de Villahizán, que, por su figura, recuerdan las típicas formaciones adehesadas de las penillanuras del Oeste de la región. Responden a una orientación que combina usos forestales, agrícolas y ganaderos al mismo tiempo, con cuyo propósito de aprovechamiento integral casi todos los pueblos acondicionaron en anteriores siglos alguna parte de sus montes, lo que fue invocado por los ayuntamientos, al producirse las desamortizaciones en el siglo XIX, para solicitar la excepción de venta de parte de sus predios concejiles, que se consideraban necesarios para el sostenimiento y refugio del ganado, principalmente de labor, con cuyo carácter subsistieron como dehesas boyales en las proximidades de algunos núcleos.

        El enebro, que forma manchas muy extensas y tupidas en una parte del sector septentrional, tiene una manifestación más discontinua, frecuentemente en forma de pies aislados, en el resto de la comarca. Es esta denominación de enebro el nombre popular con que aquí se conoce tradicionalmente al J. thurifera, y no con el apelativo de sabina albar, con el que, a veces, se pretende sustituirlo en los últimos años. No tenemos ningún topónimo que haga referencia a esta última denominación, y sí, en cambio, muchos, como nebreda, enebral, tanto de pueblos, como de pagos, parajes, términos o montes, que se refieren a la primera. Encinas, quejigos y enebros se extienden principalmente por las superficies rocosas de caliza, aunque tampoco están ausentes de otros lugares, incluidos los de las áreas más meridionales de la comarca, en los dominios de la cuenca sedimentaria. Medran aquí, sobre todo, en lomas y cerros, en cuyas culminaciones o a distintos niveles afloran frecuentemente estratos calizos y depósitos de gravas. Forman en estos lugares pequeños montecillos, que se han conservado entre los campos de cultivo. Como testimonio de la muy superior extensión que tuvo el piso arbóreo en épocas pasadas y hasta fechas no muy lejanas, se observan, también, frecuentes pies aislados en medio de las extensas superficies desarboladas de los campos de cereal.

        En las márgenes de los ríos, y como vegetación de ribera alternan sauces corpulentos o de porte arbustivo con chopos y, en menor medida otras especies, como álamos. Eran mucho más abundantes hasta los años sesenta. A partir de esa fecha, las labores de acondicionamiento de las fincas, en el marco de los programas de concentración parcelaria, dieron lugar a la desaparición de la mayor parte de estas veredas arboladas. Se conservan, no obstante, de manera intermitente, a lo largo de arroyos y riachuelos, en medio del terrazgo, con carácter aislado pies sueltos, a veces muy corpulentos, junto a otros en estado incipiente o en distintas etapas de crecimiento.

        Lo mismo podemos decir de las encinas, quejigos o enebros, que nos sorprenden con su figura inesperada, que se eleva de forma nítida, en medio de las dilatadas superficies, onduladas y lisas, de textura suave, de las fincas de cereal. Muchos de ellos, ya aparezcan como un único pie, o ya se presenten en pequeñas agrupaciones, se situaban en linderos o en los espacios incultos entre los que se situaban los campos de cultivo, que formaban planos parcelarios definidos por la irregularidad de formas y por el tamaño exiguo de las parcelas hasta mediados del presente siglo. Eran, a veces, uno de los elementos de referencia de los amojonamientos. Proporcionaban, además, cobijo frente al viento o protección de los terribles soles de agosto, durante unos momentos, en la hora de la comida, a los campesinos, en medio de aquellas interminables jornadas de laboreo de la tierra o de recogida de las mieses. Al alterarse, por la concentración parcelaria, el tamaño y la forma de las fincas, estos hitos perdieron, paralelamente, su razón de ser, pero se han conservado, como un recuerdo, muchos de ellos, en numerosos lugares, en los que, a la vez que constituyen un elemento inseparable del paisaje agrario actual, al que aportan una nota de variación en medio de la monotonía del monocultivo cerealista, son, también, como una página retrospectiva de la fisonomía tradicional de estos paisajes agrarios.

        Mención aparte merecen los chopos de plantación, muy extendidos en los últimos treinta años. Corresponden a una especie foránea, principalmente el chopo canadiense (Populus canadensis), que ha alcanzado gran difusión por su rápido proceso de crecimiento, que hace posible la corta en pocos años. La geométrica forma regular de estas plantaciones, muy abundantes, constituye un elemento de génesis relativamente reciente, que deja una fuerte impronta en el paisaje de la comarca, hasta el punto de constituir un elemento de referencia inevitable. Se pueden encontrar, en efecto, lo mismo en el fondo de los valles, en las orillas de los ríos y arroyos, o también, aunque en menor proporción, en algunos sectores de laderas próximas. Son un elemento de gran impacto fisonómico sobre todo en las márgenes del Arlanza. Sus orillas forman en algunas partes de su tramo una tupida veste en la que, con los chopos, se mezclan álamos y sauces, aparte de otras especies menos representativas, que, en unión del matorral, forman una tupida maraña. Tienen precedente en las choperas que siempre existieron, y que fueron protegidas o estimuladas desde los poderes locales. En las ordenanzas de Lerma de 1594 hay referencias precisas a estas plantaciones de chopos, que, sin duda, vinieron repitiéndose de manera continuada hasta nuestros días. También se les cita en el Catastro del Marqués de la Ensenada, y abundan las referencias en el siglo XIX. Resulta lógico, pues siempre fueron un elemento interesante para algunos aspectos relacionados con la construcción. Pero su carácter era muy distinto del que presentan estas nuevas arboledas, tanto por su extensión, como por su disposición, como por la especie.

        Es la reliquia de una cobertera vegetal tradicional, hoy muy reducida, y que ha desaparecido en la mayor parte del espacio, ocupado por la agricultura. Las grandes parcelas, con escasos arroyos, completamente deforestadas, que forman un conjunto de monótona forma geométrica, tienen muy pocos años de vigencia. Nacieron hace todavía poco, como un fruto de la concentración parcelaria. El plano parcelario tradicional se caracterizaba hasta los años cincuenta por una fragmentación mucho mayor, por una dispersión de las parcelas pertenecientes a cada explotación por diferentes lugares del término, y por una división de cada unidad de propiedad entre numerosas unidades físicamente separadas. Entre ellas discurrían numerosos arroyos, en los que crecía abundante matorral de zarzas, espinos y salciñas, que hoy se han perdido casi por completo. Limpiezas periódicas, en las que se dragan los cauces de agua, con la ayuda de repetidos incendios, contribuyen a borrar la figura de tales elementos vegetales.

        Aquel paisaje caracterizado por muchas y pequeñas parcelas, de formas muy diferentes, que daban variedad al espacio que se podía contemplar hasta mediados de este siglo, tenía sus orígenes no sólo en la subdivisón de la propiedad por las herencias y repartos sucesivos entre herederos, sino que su razón de ser se justificaba también por los sistemas de cultivo tradicional. Predominó aquí el bienal, o de año y vez, en el que, utilizando la expresión local, cada parcela se cultivaba a tercer año, es decir, se cultivaba un año, descansaba, en barbecho, el siguiente, y se volvía a cultivar el tercero. En otros casos la tierra se cultivaba dos años seguidos, alternando cereal y leguminosa, a los que seguía otro de barbecho.

        Este procedimiento hizo posible mantener, por una parte, la fertilidad del suelo durante siglos, y compatibilizar, por otro lado, los aprovechamientos agrícolas y ganaderos, que estuvieron muy integrados en nuestra agricultura tradicional, no sólo en lo que se refiere al ganado de labor, sino también al ganado de renta. Uno y otro contribuían, con su estiércol, a fertilizar las tierras. Una funcionalidad similar cumplían los palomares, que además de los pichones, proporcinaban palomina para abonar los campos. El ganado tenía incidencia, además, en la fisonomía que adquiría el espacio, al ser determinantes de la orientación de los cultivos, pues, una parte del terrazgo se dedicaba a plantas destinadas a su alimentación. Por eso, la mecanización progresiva desde los años sesenta tuvo entre sus consecuencias la desaparición progresiva de las leguminosas, que, sembradas hasta entonces para sustento de los animales, principalmente los de labor, ya no eran necesarias, al sustituirse por las máquinas. Se planteó inicialmente, además, otro inconveniente, derivado de la dificultad para su cultivo mecanizado en la misma proporción en que se había logrado con los cereales. Se evolucionó, así, hacia una simplificación del paisaje, definido desde entonces, y en mayor proproción que antaño, por los cereales.

        No obstante, también en los espacios agrarios tradicionales los cereales eran las plantas que ocupaban la mayor parte del terrazgo. La agricultura, que era, con excepción de algunos pequeños huertos, en los que se recogían hortalizas y algunas frutas, situados junto a los pueblos, de secano, se basaba en el trigo, y junto a él, pero en menor proporción, centeno, cebada y avena. También se sembraban legumbres, titos, habas y arbejas, para alimentación humana o de los animales. En las mejores tierras se sembraba trigo el primer año, descansaban el segundo, y se sembraban de cebada el tercero. En otras tierras de peor calidad se sembraba centeno el primer año y yeros o avena el tercero. Éstas eran las rotaciones más frecuentes. Otro elemento integrante de la agricultura eran los viñedos, que tenían una extensión muy superior a la actual.

        Su retroceso tuvo lugar en los primeros años de este siglo, como consecuencia directa de la invasión de la filoxera en los últimos años del siglo XIX. Las consecuencias sobre la economía comarcal fueron muy negativas, porque la vid era un cultivo muy importante. No debemos olvidar que el vino se consideraba como parte fundamental, junto al pan, de la dieta alimenticia. En un escrito que, en septiembre de 1904, dirigía la Junta Local de Lerma de Defensa contra la Filoxera a la Diputación Provincial queda constancia de lo que significaba este cultivo, cuya pérdida -decía- generaría, a corto plazo, más miseria y se haría obligada la emigración forzosa "de los miles de familias que en el trabajo del viñedo y con sus productos se sostienen". La especial gravedad atribuida a la plaga derivaba de la estructura de la propiedad, pues -seguía- "la constitución de los viñedos se ha formado por la gente pobre en la mayoría y propietarios de nimia importancia, que, en un trabajo rudo y continuado en dos o tres generaciones, han reducido a cultivo terrenos antes completamente estériles e improductivos, y que volverán a tal situación si el viñedo muere". Las consecuencias se agravaban -continuaba- por el paro que provocaría en los jornaleros, que sacaban miles de jornales en las viñas "de los propietarios en mayor escala", pues era un hecho el que por cada jornal dado en el cereal se daban cien en las viñas 21.

        El viñedo, que no fue, tras la crisis, replantado en la misma proporción en que se había perdido, constituía un elemento de diversidad del paisaje agrario, en el que dejaba la impronta de unas labores muy cuidadosas y continuadas a lo largo del año. Además, junto a las viñas solía haber algunos árboles, almendros casi siempre, plantados generalmente en los linderos. Se fueron perdiendo, con esa plaga de comienzo de siglo, primero, y desde los años sesenta, después, los majuelos que, dispuestos sobre pequeñas eminencias y en distintos niveles de las laderas, con su presencia dominaban y eran vistos desde todas partes. Pero el paisaje nos ofrece todavía, como foto desvaída por el paso del tiempo, imágenes reales de aquellos campos, que eran más complejos, con cereales, leguminosas, viñedos y almendros y algunos cultivos ya desaparecidos, como el zumaque, a través de algunas huellas que permanencen en forma de unos pocos árboles aislados que se divisan desde la lejanía entre los campos de cereales. En otros lugares, como en Covarrubias, se percibe aún con toda claridad el esfuerzo que fue requerido para la adaptación de las empinadas laderas, mediante bancales, a fin de hacer posible el cultivo de la vid, que aquí, en un lugar donde las condiciones climáticas marcan el límite, ofrece una muestra de la importancia que tuvo en la comarca en épocas pasadas.

        Hoy, tras varias décadas de decadencia y retroceso progresivos, se inicia su revitalización. Al amparo de la denominación de "Vinos de la Tierra Ribera del Arlanza", al tiempo que se han replantado algunos viñedos, en otros antiguos los cuidados que ahora reciben vienen a potenciar su presencia, aunque con fisonomía distinta, lo mismo que sucede con las antiguas bodegas excavadas en determinados lugares o bajo las casas, que dejan sitio a una nueva forma de instalaciones industriales en algunos pueblos. Con este reciente interés por la vitivinicultura asistimos al inicio de una nueva etapa de cambios en el paisaje, que junto a los elementos derivados de las necesidades actuales integra un importante componente histórico, causa de algunas disfuncionalidades, pero cuya conservación constituye factor de enriquecimiento de la imagen visual de los campos de la Tierra de Lerma.



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N O T A S


1 Antonio Ponz. "Viage de España, en que se da noticia de las cosas más apreciables, y dignas de saberse, que hay en ella. Madrid. Viuda de Ibarra, Hijos y Compañía. 1778. Tomo XII, págs. 105-108. volver

2 El Trigarral, 94, diciembre, 1991. volver

3 Actualmente en partido de Aranda de Duero. volver

4 Actualmente en partido de Aranda de Duero. volver

5 Forma parte actualmente del municipio de Lerma. volver

6 Actualmente en partido de Aranda de Duero. volver

7 Actualmente en partido de Burgos. volver

8 Actualmente en partido de Aranda de Duero. volver

9 Forma actualmente, juntamente con Tordueles, el municipio de Quintanilla-Tordueles. volver

10 Forma parte actualmente del municipio de Lerma. volver

11 Actualmente en partido de Aranda de Duero. volver

12 Actualmente en partido de Aranda de Duero. volver

13 Forma actualmente, juntamente con Quintanilla del Agua, el municipio de Quintanilla-Tordueles. volver

14 Actualmente en partido de Aranda de Duero. volver

15 Actualmente en partido de Aranda de Duero. volver

16 Actualmente en partido de Burgos. volver

17 Ministerio de Agricultura: Comarcalización Agraria de España. Madrid. Ministerio de Agricultura. Secretaría General Técnica. 1977. 359 págs. volver

18 Junta de Castilla y León. Directrices de Ordenación territorial de Castilla y León. Castilla y León. Hipótesis de modelo territorial. Valladolid. Junta de Castilla y León. Consejería de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio. 1996. 244 págs. volver

19 La Mancomunidad "Virgen de Manciles" está integrada por once núcleos, pertenecientes a los municipios de Lerma, Nebreda, Solarana, Tordómar y Zael. La Mancomunidad "La Yecla" está integrada por dieciseis núcleos, pertenecientes a los municipios de Cebrecos, Ciruelos de Cervera, Espinosa de Cervera, Oquillas, Pinilla-Trasmonte, Quintana del Pidio, Santa María de Mercadillo, Santo Domingo de Silos, Tejada, Valdeande, Villalbilla de Gumiel y Villanueva de Gumiel. La Mancomunidad "Sierra Aranza" está integrada por sesenta y nueve núcleos, pertenecientes a los municipios de Arlanzón, Barbadillo de Herreros, Barbadillo del Mercado, Barbadillo del Pez, Cabezón de la Sierra, Carazo, Cascajares de la Sierra, Castrillo de la Reina, Contreras, Fresneda de la Sierra Tirón, La Gallega, Hacinas, Hortigüela, Jaramillo de la Fuente, Monasterio de la Sierra, Moncalvillo, Monterrubio de la Demanda, Palazuelos de la Sierra, Pinilla de los Barruecos, Pinilla de los Moros, Pradoluengo, Rábanos, Riocavado de la Sierra, La Revilla, Salas de los Infantes, San Adrián de Juarros, San Millán de Lara, San Vicente del Valle, Santa Cruz del Valle Urbión, Santo Domingo de Silos, Tinieblas, Valmala, Valle de Valdelaguna, Villagalijo, Villamiel de la Sierra, Villanueva de Carazo, Villasur de Herreros y Vizcaínos. volver

20 La Mancomunidad "Bajo Arlanza" está integrada por dieciocho núcleos, pertenecientes a los municipios de Los Balbases, Barrio de Muñó, Belbimbre, Ciadoncha, Mahamud, Mazuela, Pampliega, Peral de Arlanza, Presencio, Revilla-Vallegera, Santa María del Campo, Torrepadre, Valles de Palenzuela, Villaverde-Mogina, Cobos de Cerrato (Palencia), Quintana del Puente (Palencia) y Villodrigo (Palencia). La Mancomunidad "Ribera del Arlanza y del Monte" está integrada por 32 núcleos, pertenecientes a los municipios de Avellanosa de Muñó, Campolara, Covarrubias, Cuevas de San Clemente, Hortigüela, Iglesiarrubia, Madrigal del Monte, Madrigalejo del Monte, Mecerreyes, Puentedura, Quintanilla de la Mata, Quintanilla-Tordueles, Retuerta, Santa Cecilia, Santa Inés, Torrecilla del Monte, Villafruela, Villahoz, Villalmanzo, Villamayor de los Montes, Villangómez, Villaverde del Monte y Espinosa de Cerrato (Palencia). volver

21 Concepción Camarero Bullón, "La filoxera en la provincia de Burgos", Estudios Geográficos, 197, 1989, págs. 548-549. volver



* en GUTIÉRREZ ALONSO, Adriano (coord.): Lerma y el Valle del Arlanza. Historia, cultura y arte.Burgos. Excma. Diputación Provincial de Burgos. 2.001. 198 págs., cf. págs. 13-32. principio de página
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